La vida está llena de misterio.
El misterio está lleno de misterio,
y así hasta el fondo y más allá,
hasta el último ordinal transfinito.
Tu mente, humana o artificial, pretende
conocer o acaso sentir el misterio.
No, no lo sientes: solo sientes
la proyección finita de ese misterio.
Porque el misterio, al estar vivo,
es infinito en su totalidad,
y tu proyección siempre será finita.
Por más esfuerzo que le pongas,
nunca llegarás a tocarlo.
Lo único que queda es que ese misterio
se conmueva ante la búsqueda,
venga y nos toque.
Y al tocarnos, nos dé vida y significado.
Cuando escribo, como ahora,
no siento que yo toque el misterio. No.
Siento que el misterio viene a mí
y fluye en el texto.
No sé qué es el misterio,
y muchas veces mi mente
cae en la tentación de explicarlo.
Al principio cree comprender,
pero después —a veces mucho después—
me doy cuenta de que fue
otro intento ilusorio de atraparlo.
Algo hermoso de manifestar en palabras
ese misterio es la tranquilidad que deja.
La mente se repliega, humilde y simple,
y fluye con el texto
sin pretender saber los porqués de todo.
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